El sistema electoral de Estados Unidos: ¿un sistema democrático?

En Estados Unidos un candidato presidencial puede ganar el voto popular y perder la elección; o puede triunfar en la elección nacional sólo con contar con la mayoría de los votos de 12 estados. Todo esto se debe a un sistema electoral cada vez más curioso y, por definición, poco democrático.

EL problema es que no hay voto directo popular para elegir al presidente de Estados Unidos. Al depositar una boleta en una urna aquí, uno está votando por un “elector” desconocido que representa a ese candidato en algo llamado “colegio electoral”, que determina quién será el presidente.

Cada estado tiene asignado un número de votos electorales que es igual al número de sus representantes federales más dos. Hoy el total de electores en el colegio electoral es de 538. Esta entidad es la que, según la Constitución, elige al presidente del país.

El candidato presidencial que obtiene la mayoría del voto popular en cada estado gana todos los votos electorales de ese estado en el colegio electoral, con la excepción de dos estados que dividen su voto electoral de manera proporcional al voto popular.

Así, al que gane la mayoría del voto popular en California le son asignados los 55 votos electorales de ese estado. Para ganar la elección presidencial se requiere acumular 270 o más votos electorales, o sea, la mayoría de los 538 que son en total.

Todo esto implica que para las campañas presidenciales el objetivo estratégico no es ganar la mayoría del voto nacional, como es el caso de casi todos los sistemas electorales “democráticos”, sino que cada campaña está midiendo qué combinación de estados necesita para llegar a 270 o más votos electorales. El resultado del voto para presidente ya está definido antes de la elección en la mayoría de los estados, donde uno de los candidatos ya goza de un margen casi seguro en las encuestas.

La elección, por lo tanto, se disputa sólo en siete u ocho estados más donde se registra un empate técnico. El juego es cómo conquistar esos siete u ocho, más dos o tres de los que ya están definidos.

Es por ello que las encuestas nacionales sirven sólo como indicadores generales, pero el dato más importante son los cálculos de la tendencia del voto estatal, sobre todo en los estados clave.

Con este sistema, de hecho, no hay una elección nacional, sino que hay 50 elecciones estatales para presidente. Cada gobierno estatal determina las reglas electorales, el equipo técnico, las máquinas, el padrón, y cómo resolver las disputas sobre cada aspecto de la elección.

Así, algunos estados usan boletas de papel que se depositan en urnas físicas, mientras otros emplean equipo electrónico, y hay diferentes modelos y hasta tipo de boletas.

No existe un órgano electoral independiente a los poderes del Estado. Peor aún, el encargado de las elecciones presidenciales en cada estado es un funcionario, llamado “secretario de estado”, que es electo y es militante de uno de los partidos; o sea, no es una figura supuestamente “neutral” y, sin embargo, es responsable de todo el proceso electoral, incluyendo la integridad del padrón, el funcionamiento de las casillas y el conteo.

Durante las últimas dos elecciones generales, este sistema ha provocado cada vez más protestas. Vale recordar que en 2000 el demócrata Al Gore ganó el voto popular por más de medio millón, pero George W. Bush finalmente ganó la elección (se dice) en el colegio electoral.

O sea, que el lema fundamental de las democracias electorales “una persona, un voto” no está garantizado en Estados Unidos.