En la historia no existe el borrón y cuenta nueva

Por Jorge Gómez B

Mientras no se demuestre lo contrario, Barack Obama es el exponente de una nueva orientación. No sería el primero, pues en Estados Unidos el cambio de acentos, prioridades, e incluso de orientación política global tiene precedentes. Jackson, Mckinley, Lincoln, Wilson y Roosevelt cambiaron radicalmente las políticas y reorientaron al país, no siempre para mejor. En uno de aquellos giros se creó el Estado de Israel.

Lo que nunca ha ocurrido es que un presidente haya girado contra el sistema. Cuando, en su histérica cacería de brujas, McCarthy creyó ver comunistas en todas partes e intentó investigar y desmoralizar a las fuerzas armadas y al Departamento de Estado, Eisenhower le puso coto y lo sacó de circulación.

Para Obama o para cualquier otro presidente, establecer un cambio significa trabajar para elevar la eficiencia del sistema político y reforzar la imagen del país. No es exactamente más de lo mismo, aunque lo parece.

En la historia no existe el borrón y cuenta nueva. Lo ocurrido se puede reinterpretar, pero es imposible rehacerlo. El desastroso legado de Bush tendrá consecuencias negativas a largo plazo; será para siempre una carga. Rectificar la orientación que le imprimió a la política exterior norteamericana resultará difícil, y administrar la crisis económica y financiera requerirá valor, creatividad, tiempo y esfuerzos e implicará enormes riesgos.

Esperar que Barack Obama suprima el legado desastroso de las dos últimas administraciones republicanas es una ilusión o un engaño. Aun cuando fuera su deseo y cuente con el respaldo de la clase política y del pueblo, desmontar el andamiaje levantado por los neoconservadores para sostener sus reaccionarias políticas requiere complejas maniobras y decisiones difíciles. Incluso existen compromisos de carácter estatal a los que ningún gobierno puede volver la espalda.

El presidente norteamericano que realizó las reformas más amplias, drásticas y profundas, Franklin D. Roosevelt, fue muy conciente de esas circunstancias, que son esencialmente las mismas de hoy. Por eso planeó lo que llamó el New Deal, la nueva orientación, y fue apoyado por el pueblo y la clase política.

 En los primeros pasos en la formación de su equipo de transición, Obama adelanta lo que puede ser el gabinete y refuerza su imagen de persona serena y responsable que, por el momento, no parece estar guiado por criterios ideológicos ni por lealtades incondicionales. Incluso puede ser que, obviando lealtades partidistas, trate de escoger a quien considera mejor para cada posición, sobre todo profesionales con aval para integrar una administración más eficiente. Los nombramientos de los secretarios de Defensa, Estado y del Tesoro, así como del Fiscal General y el Presidente de la Reserva Federal, ofrecerán una idea más exacta de sus intenciones.

El hecho de que se haga acompañar por profesionales experimentados podrá imprimirle cohesión a su administración y velocidad a su gestión.

Obama no puede evadir el hecho inevitable de que, en cualquier campo, los cambios (aun los moderados) pueden despertar la hostilidad de poderosas fuerzas que, por su radicalismo reaccionario y su apego a la violencia, son capaces de acciones drásticas. En algunos campos tales fuerzas pueden resultar incluso imbatibles, al menos en una primera etapa.