El enorme fracaso de la cruzada contra las drogas

Por Xavier Caño Tamayo

En la recientemente celebrada XVIII Cumbre Iberoamericana, mandatarios de América Latina, el Caribe y Centroamérica han reconocido que los narcotraficantes tienen dinero y armas suficientes para hacer frente a muchos estados. Para combatir este flagelo los mandatarios han acordado coordinarse e intercambiar información, pero esto parece una respuesta muy tibia, teniendo en cuenta la gravedad del problema.

Derrotar policialmente al narcotráfico parece hoy algo imposible. Justamente se ha logrado lo contrario: sectores de policía y fuerzas armadas han sido corrompidos por los narcotraficantes. La solución, creemos, sería eliminar la posibilidad del negocio.

El negocio de los narcotraficantes es la venta de sustancias sedantes o estimulantes prohibidas. La prohibición y la cruzada desatada desde los tiempos del presidente Reagan han otorgado a las drogas una plusvalía increíble. Esa plusvalía ha enriquecido hasta extremos inenarrables a los delincuentes, y las inmensas fortunas obtenidas han permitido, por un lado, comprar todo tipo de armas, transportes e infraestructuras; pero también se compran muchas conciencias, mandatarios, dirigentes policiales y militares, cargos políticos y lo que haga falta.

Una solución ­que en varias ocasiones se ha propuesto en el editorial del muy conservador The Economist y que han defendido ilustres conservadores, además de personalidades progresistas- sería hacer que el negocio dejara de serlo. Y un modo de acabar con el negocio de las drogas es despenalizarlas.

Cuatro décadas de cruzada contra las drogas no han conseguido reducir la superficie de tierras de cultivo ni en América Latina ni en Afganistán. Un informe presentado recientemente en el Congreso de Estados Unidos concluye que el Plan Colombia no ha conseguido disminuir los cultivos ilegales en el país. Se pretendía reducir en seis años el cultivo, procesamiento y distribución de drogas ilegales en un 50%. Ha ocurrido lo contrario.

Los cultivos de coca y la producción de cocaína se incrementaron un 15% y 4% respectivamente, según la Oficina General de Contabilidad del Congreso de Estados Unidos.  Y eso a pesar de que Colombia ha recibido 5,000 millones de dólares desde 1999 para luchar contra el narcotráfico. Y una situación parecida se da en Afganistán.

Tampoco se ha logrado reducir la demanda de drogas. Según el Programa de la ONU para el control internacional de las drogas, el narcotráfico podría mover entre 500,000 y 600,000 millones de dólares anuales, dinero que hay que blanquear. Y ahí entramos en la oscura Economía Criminal Global que se aprovecha, hace posible y alimenta uno de los peores tumores de nuestro tiempo: los paraísos fiscales. Drogas y paraísos fiscales están estrechamente relacionados.

Esos volúmenes de dinero criminal y esa red oscura y opaca de lavado de dinero provocan que hoy nos encontremos con estados contaminados, intoxicados, penetrados y corrompidos por el poder económico de los grupos organizados de narcotraficantes.

Ante tal desastre, se me ocurre pedir a Barak Obama que apunte en su apretada agenda alguna propuesta para iniciar el largo camino para despenalizar las drogas y así privar del negocio a los criminales narcotraficantes. Recordemos aquí a las autoridades federales estadounidenses que tuvieron el coraje de derogar la nefasta Ley Seca, que causó tanto daño durante parte del siglo XX.

Cuatro décadas de sonoros fracasos son prueba suficiente de que prohibición y  ‘cruzada’ no son el camino.