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  • Edición impresa de Noviembre 3, 2009.

Nada que celebrar y mucho que lamentar

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En estos días se ha conmemorado el vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín. Fecha para celebrar, ciertamente. En cambio, es para lamentar el mismo aniversario del “consenso de Washington”: la peor versión del capitalismo que los siglos han visto, cuyo antecedente fue la involución conservadora perpetrada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los ochenta.

En la dogmática aplicación del neoliberal “consenso de Washington” están las causas de la crisis que ha colocado al mundo al borde del desastre. Redactado por un oscuro economista del Institute for International Economics en noviembre de 1989, pretendía ser inicialmente un listado de directrices económicas para América Latina. Pero el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras entidades internacionales rápidamente lo canonizaron como único programa económico posible para impulsar el crecimiento mundial. Demasiado tarde la crisis feroz les ha arrancado la venda de los ojos.

En esa dogmática lista de políticas económicas se impone reordenar las prioridades del gasto público (entiéndase, recortar el gasto público social). También es inaplazable la reforma fiscal (es decir, quienes tienen más, que paguen menos), así como es imprescindible liberalizar el comercio internacional (los países ricos hacen lo que quieren, pero los pobres y emergentes han de renunciar a sus aranceles). Por supuesto, hay que liberalizar la entrada de capitales extranjeros (descontrol y alfombra roja a la evasión de impuestos y ocultación de capitales). Y es indiscutible la desregulación de lo financiero (ahí está la crisis para demostrar lo acertada que fue la directriz). Además, hay que privatizar lo público (¿por qué impedir que una minoría se enriquezca con lo que es de todos?).

Eso es el “consenso de Washington”. Quien pretenda que nada tiene que ver con la crisis demuestra que no hay peor ciego que quien no quiere ver. Hemos hablado y escrito sobre la crisis hasta la saciedad, pero hay que remarcar que las causas de la crisis no son más que la fiel aplicación de las políticas económicas del consenso de Washington.

Hay que enfilar el hilo en la aguja. Por ejemplo, volver a pelear por un impuesto a los movimientos especulativos de capital. Lo propuso en 1971 quien fue Nobel de Economía en 1982, James Tobin. La tasa Tobin es un 0,1% sobre el capital que se mueva para especular. Otro Nobel de Economía, Stiglitz, se ha sumado a quienes reclaman la implantación de dicha tasa. Para mostrar que es posible y no delirio de izquierdoso fumado, el gobierno de Lula impondrá un Impuesto de Operaciones Financieras (2%) al capital extranjero de operaciones especulativas con divisas en Brasil. No es la revolución, pero es un comienzo.

 


 

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