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  • Edición impresa de Noviembre 15, 2011

La conquista no tan silenciosa de China

Durante años, multinacionales extranjeras han sacado tajada de la oportunidad que ofrece una sociedad china dispuesta a prosperar bajo condiciones difíciles. En un principio, le llamaron el dragón dormido, la superpotencia emergente, porque interesaba que su potencial se hiciera realidad en forma de un mercado de cientos de millones de personas.

Las potencias occidentales, mermadas por una profunda crisis después de años de excesos, contemplan ahora a una China que gana terreno como inversor en África y en Latinoamérica y que es capaz de competir directamente en algunos sectores tecnológicos importantes, como el ferrocarril de alta velocidad o la industria espacial. Hasta tal punto que algunos han pasado a verla como el dragón que amenaza.

Nada ilustra mejor la inversión en el equilibrio de la balanza que el desarrollo del país en estos dos sectores. Justo en medio de la tormenta que atraviesa la economía mundial, China ha conseguido un nuevo hito en su carrera espacial acoplando dos naves en órbita. Un logro de gran importancia de cara al proyecto de construir una estación en la próxima década.

En la industria ferroviaria el cambio ha sido aún más drástico. Todavía era Bush Presidente en Estados Unidos cuando China se lanzó a tender líneas de tren de alta velocidad de miles de kilómetros con la ayuda de potencias en la materia,  como Japón o Alemania.

Durante la crisis, China ha nadado contra corriente. Se las ha arreglado para mantener el fuerte crecimiento económico, ha aumentado sus inversiones en el extranjero, especialmente en África y Latinoamérica, y ha continuado la vertiginosa expansión de su ferrocarril al tiempo que llevaba sus primeros satélites y naves al espacio.

A Occidente le gustaría que el desarrollo de China fuera de otra manera y por eso reclama al gobierno chino que aprecie su moneda. Pero éste le responde que ya lo está haciendo, lo cual es cierto, aunque no al ritmo que gustaría en los despachos de la Casa Blanca. Lo último que interesa a los políticos de Pekín es una apreciación abrupta del yuan que ponga en peligro la competitividad del sector exportador.

Las encarcelaciones de activistas en China y la creciente censura a los medios de comunicación son incómodas para muchos gobiernos, pero el margen de crítica es reducido ante la necesidad de liquidez tras años de excesos financieros. China tiene reservas enormes y necesita ponerlas en circulación.

Europa acaba de pedir ayuda de nuevo a China, pero ésta se lo ha pensado dos veces esta vez. El gigante asiático resulta tener sus propios problemas. Y no son pocos. El modelo de desarrollo económico obsesionado por el PIB aumenta cada vez la más brecha económica entre ricos y pobres, mientras que la burbuja inmobiliaria plantea un futuro incierto, la inflación amenaza los bolsillos de quienes menos tienen, la corrupción daña la imagen de los políticos y la sociedad se conmueve por los efectos de la falta de valores. La economía es el punto fuerte del Partido Comunista chino y eso parece convertirla también en su talón de Aquiles.

Tal vez, esas mismas compañías y países que tanto beneficio han sacado de China durante décadas, y que ahora apuntan hacia otras regiones donde pretenden encontrar el nuevo El Dorado, deberían preguntarse: ¿es China la verdadera amenaza?

 


 

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