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  • Edición impresa de Noviembre 6, 2012

La familia, baluarte contra la crisis

 Para muchos jóvenes en paro, volver a casa es una  de las pocas vías para poder vivir con dignidad. Éste es un retorno que acarrea grandes cambios emocionales que pueden provocar inseguridades y frustraciones. A pesar de los progresos sociales en el último siglo, de los nuevos contextos sociológicos, hay una institución que resiste a las crisis de valores, que no se deteriora sino que se adapta al nuevo escenario. La familia supone un baluarte que permite amortiguar los estragos de la crisis.

En tiempo de escasez y de falta de oportunidades, optimizar los recursos para poder llegar a fin de mes es clave. Y eso es algo que la familia siempre supo hacer muy bien: el hecho de hacer frente a los tiempos duros y de repartir responsabilidades para que a nadie le faltara lo básico. La familia recobra protagonismo y explora ese espacio esperanzador, de laboratorio de ensayo para mirar al futuro con un enfoque renovado.

Europa vive un momento de alarma social. Está inmersa en una espiral negativa en la que se apremia la confianza y ya casi el 24% de sus ciudadanos viven en riesgo de exclusión social. La familia amortigua esa desesperación que trae consigo el despido.

Pero calentar los días cerca del nido también tiene riesgos: la caída en el conformismo del colchón económico y de seguridad paternal. Esta situación puede crear una excesiva dependencia que provoca una cultura irresponsable y alejada del esfuerzo, donde se reconozca una sensación artificial que frene las etapas de madurez del joven y reduzca los futuros desafíos del desarrollo profesional. Como apunta el profesor David Reher, director del Grupo de Estudios Población y Sociedad, “cabe preguntarse si tanto apoyo familiar no habrá contribuido a aumentar los costes de oportunidad para una cultura de aversión al riesgo y comodidad tan extendida entre muchos jóvenes adultos”.

Ante la falta de perspectivas, muchas familias recogen sin condiciones a los suyos. Este fenómeno, que alarga la vida en formación, puede traer consigo el diseño de un sistema de seguridades artificiales perjudiciales para nuestro desarrollo personal.

En tiempos de escasez, parece que la atención a lo más necesario se libra de la cotidianidad de lo artificioso y que dentro de una casa se vive a ese ritmo que humaniza los días gobernados por “lógicas” de mercado que deshumanizan. Hay en este aspecto un espacio interesante para reformular y debatir nuestras metas, tanto profesionales como personales: nuestra manera de caminar por el mundo. Un lugar de encuentro dónde los ancianos y los jóvenes de la familia, más agredidos por los efectos de la crisis, conformen alternativas a esta senda que nos asfixia mientras intentamos echarnos al camino.

 


 

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