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  • Edición impresa de Noviembre 20, 2012

El verdadero trabajo de los movimientos sociales comienza ahora

Ya pasaron las elecciones y Barack Obama continuará en el gobierno como el presidente número 44 de Estados Unidos. Los analistas políticos le prestarán mucha atención a la mecánica de las campañas, a las técnicas para captar a los potenciales votantes, a la eficacia de los esfuerzos para lograr que más gente vote. Los analistas de los medios llenarán los espacios de las cadenas de noticias con comentarios post electorales acerca de la precisión de las encuestas o acerca del apoyo que tuvieron los candidatos en un determinado grupo demográfico. Mientras tanto, en el corazón de nuestra democracia están los movimientos sociales, que son sistemáticamente dejados de lado por los medios masivos, pero sin los cuales el Presidente Obama no hubiera sido reelecto.

El Presidente Obama es un ex dirigente social. Cuando alguien que desempeñaba ese papel se convierte en presidente, ¿quién se encarga de organizar a la comunidad? Resulta interesante que Obama sugirió una respuesta a este interrogante durante un pequeño evento de campaña en Nueva Jersey cuando era candidato a la presidencia por primera vez. Cuando le preguntaron qué haría con respecto a Medio Oriente, Obama respondió con una anécdota sobre el legendario líder social del siglo XX A. Philip Randoplh. En una ocasión, Randolph se reunión con el Presidente Roosevelt y le explicó la situación en la que vivía la población negra en Estados Unidos y la situación de la clase trabajadora en general. Roosevelt escuchó atentamente y luego respondió: “Estoy de acuerdo con todo lo que dice. Ahora, oblígueme a hacerlo”. Obama reiteró ese mensaje.

Ahí está la respuesta, oblíguenlo a hacerlo. Es una invitación del propio presidente.

Durante los años que duró el gobierno de Bush la gente sentía que se daba la cabeza contra la pared. Tras la primera elección del Presidente Obama, esa pared se transformó en una puerta, pero la puerta estaba apenas entreabierta. Entonces surgió la pregunta: ¿se abrirá de una patada o se cerrará de un portazo? La respuesta no debe darla el presidente, independientemente de su poder, sino que es un trabajo que corresponde a los movimientos.

Eso es justamente lo que están haciendo los jóvenes inmigrantes. Los estudiantes indocumentados que fueron arrestados por ocupar oficinas de campaña en una serie de protestas contra las deportaciones constituyen el movimiento de derechos civiles de nuestra época. Hay otros movimientos dinámicos, como Occupy Wall Street, o la lucha por el matrimonio igualitario, cuyas iniciativas sometidas a referéndum en cuatro estados fueron aprobadas en las elecciones.

Fue gracias a la presión de los activistas de base que se manifestaron frente a la Casa Blanca, que Obama postergó su decisión acerca del controvertido oleoducto Keystone XL, que se extendería desde Canadá al Golfo de México.

Quienes tienen acceso privilegiado al presidente, le susurran sus demandas al oído en la Oficina Oval. Si el presidente no puede señalar afuera y decir “si hago lo que ustedes me piden, ellos se alzarán en rebeldía”, si no hay nadie ahí afuera, el presidente está en graves problemas.

El Presidente de Estados Unidos es la persona más poderosa del planeta, pero hay una fuerza más poderosa: el pueblo organizado a lo largo y ancho del país, que lucha por un mundo más justo y sustentable. El verdadero trabajo comienza ahora.

 


 

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