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  • Edición impresa de Noviembre 3, 2015

Entre dólares y contaminación: Qué dejó la década de bonanza minera en América Latina

Impulsada por lo que parecía una inagotable demanda china por cobre, carbón y otros minerales, la región experimentó lo que algunos denominaron un segundo Dorado. Pero la bonanza terminó. El reciente desánimo chino por consumir ha contribuido a abruptos frenazos a planes de inversión y ventas de multimillonarios proyectos mineros.

La industria minera se está replegando ante la caída en los precios internacionales de muchos productos básicos.

Por eso puede ser un buen momento para buscar opiniones sobre lo que le quedó a la región después del torrente de dólares que pasó por América Latina en los últimos diez años para adelantar proyectos mineros, muchas veces contra la intensa resistencia de las comunidades.

Un torrente

América Latina se convirtió en estos años en uno de los epicentros globales de la actividad minera, recogiendo el 27% del total de inversión en exploración, según datos del Banco Mundial.

Pese a la desaceleración, el Banco Mundial ha dicho que hay planes por nuevas inversiones mineras en América Latina que llegarían a los US$ 200,000 millones para el año 2020.

El organismo multilateral ha estimado que un solo país, Chile, recibía rentas por la actividad minera que se acercaban a US$ 41,000 millones en 2011, o cerca del 19% del Producto Interno Bruto de esa nación.

Tierra de conflicto

Pero ante los que se alegraban por la llegada de la “locomotora minera”, otros advertían que el costo de la minería era mucho más grande del que aceptaban sus promotores.

“Este ciclo minero ha incrementado los conflictos sociales. Tenemos registrados 210 conflictos mineros en toda la región”, comenta César Padilla, coordinador del Observatorio de Conflictos Mineros de América Latina (OCMAL), una organización no gubernamental que combina los esfuerzos de más de 40 organizaciones ambientalistas desde México a la Patagonia.

“De estos conflictos, más de 50% están relacionados con el estrés que se produce en torno a los conflictos del agua. Las comunidades que ven que les van a sustraer el agua se oponen a los proyectos mineros”, asegura Padilla.

La industria minera en su conjunto ha buscado responder a estas críticas con ambiciosos programas de responsabilidad social empresarial, incluyendo multimillonarios programas de remediación ambiental y de mitigación de los costos sociales de muchos de estos megaproyectos.

Pero Padilla los descalifica. “No podemos señalar ni un solo proyecto minero sostenible, o ambiental o socialmente responsable en toda América Latina”, puntualiza.

“Los efectos ambientales de la minería hay que mirarlos en el largo término. No podemos evaluar una gestión cuando tal vez en 40 o 50 años más recién tengamos los efectos ambientales más negativos”, recalca.

 

 


 

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