Venid, Fieles Todos

Por: Humberto H. Hernandez

Entre tantas luces, regalos, y símbolos navideños, la música de la época llena de forma especial nuestro ambiente, de encanto y buena voluntad.

“Villancicos,” les llamamos a esas canciones tomadas de nuestros archivos para cantarlas todo diciembre. Los más antiguos vienen de Italia, Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda, España. Pero hoy nuestro repertorio incluye coplas y ritmos de Africa, y América Latina.

Los temas de nuestras canciones reconocen al árbol de la navidad, a Santa Claus que llegará a nuestra ciudad, al deseo de que caiga nieve, o al popular saludo latino para desearnos simplemente “feliz navidad, próspero año y felicidad.”

Es de esa antigua lista que tomamos “Venid, fieles todos: a Belén marchemos,” para enseñarnos el verdadero motivo de la navidad.

Como costumbre y tradición, escogemos entre una gran diversidad la forma de pasar esta singular época festiva: Las reuniones familiares, el rompimiento de piñatas, la observancia de las posadas, las cenas y bocadillos y veladas animosas.

Mas es el canto mencionado, herencia del viejo latín de los 1700s, llamado Adeste Fideles que nos señala la mejor opción para celebrar la navidad: Levantarse de lo rutinario, y como coro, emprender un viaje figurado a donde está el Cristo, para ver al Mesías y adorarlo.

Adorar es pagar nuestro tributo como criaturas al Dios verdadero. Frente a Cristo nos arrodillaremos y humillaremos; le daremos gracias, cantaremos a su nombre y le mostraremos obediencia y apego a su voluntad.

Estas son las palabras de la primera estrofa de ese himno antiguo:

Venid, fieles todos, a Belén marchemos, de gozo triunfantes, henchidos de amor;

Y al Rey de los cielos humildes veremos.

Venid, adoremos, venid adoremos, venid, adoremos a Cristo el Señor.

Como en la escena original: los pastores llegaron al pesebre donde estaba Cristo. No trajeron nada en las manos para ofrecerle, mas al verlo, lo adoraron tributando su reconocimiento como Rey de los cielos. Los sabios de oriente por otro lado, se pusieron de acuerdo desde la salida de su país, intencionalmente empacaron sus ofrendas y emprendieron el viaje. Confiando en la luz de una estrella, llegaron a donde estaba Cristo. Allí abrieron sus tesoros y le adoraron.

En esta navidad tome la mano de sus amigos y de su familia. Busque al Cristo del cual siempre ha oído, y adórelo de corazón. No se trata de buscarlo en un templo.o repetir un acto religioso, sino de hablar con él en intimidad personal. Allí, rindale su voluntad y sus promesas; luego regrese a casa con un nuevo corazón, lleno de gozo, fe y esperanza, dispuesto a agradarle con su vida. Y si, de paso, usted piensa que nadie se acordó de usted porque nadie le dio un abrazo o un regalo, esté contento por haber