Palabras por cemento

Por Ana Muñoz

Trescientos sesenta kilómetros de cemento de ocho metros de espesor separarán aún más a judíos y palestinos en menos de un año. El nuevo “muro de la vergüenza” es tres veces mayor y dos veces más alto que el que separó a Europa por más de cuarenta años. Un muro que modificará por completo el paisaje geográfico y político de Oriente Medio.

En Junio del año 2002, la Administración israelí decidió la construcción de una “valla de seguridad” para impedir que se produjeran más atentados contra su población. En menos de tres años, según las cifras ofrecidas por el Gobierno de Sharón, el territorio israelí ha sufrido 19.000 ataques terroristas.

Sin embargo, esta no es la primera vez que Israel construye una barrera física para separar su territorio de los palestinos. Durante la primera Intifada (1987-1993), el Estado israelí levantó una valla electrificada que le ha permitido mantener el control del 50% del suelo palestino en Gaza y aislar a más de un millón de palestinos que tienen recortadas sus libertades.

Esa es la misma suerte que correrán los habitantes de Cisjordania y Jerusalén. El muro recorre la “línea verde” que se fijó tras la I Guerra Árabe-Israelí en 1949, aunque en algunos tramos lo traspasa. Israel se anexa de esta manera un 10% de los territorios palestinos, donde se encuentran sus colonias. Este hecho provoca situaciones realmente inadmisibles. Ciudades como Kalkilia han sido despojadas de sus terrenos agrícolas. Aquí, los 6.300 agricultores y granjeros de la ciudad se han quedado sin su modo de sustento ya que sus tierras quedan en zona judía. Con ello, Israel no sólo gana territorio, también se apropia de un tercio de los recursos hídricos de la ciudad.

Otras ciudades cisjordanas corren la misma suerte: Jubará, queda completamente aislada de los territorios palestinos y de Israel. Bartha queda dividida y echa por tierra los años de convivencia entre árabes y judíos. Pero, sobre todo, personas. Personas que pierden su libertad y su dignidad. El Ejército israelí ha creado doce permisos especiales para poder ir a trabajar, estudiar, comprar o ir al médico. Imposiciones que atentan contra los Derechos Humanos y la libertad de las personas.

El gobierno sionista de Sharón olvida los mandatos de las Naciones Unidas e incumple los acuerdos ya firmados en contra de la población árabe.

Durante más de cuarenta años, la población palestina se ha visto pisoteada una y otra vez por los tanques del Ejército israelí, apoyado en todo momento por la Administración norteamericana.

Las conversaciones entre los representantes de ambos pueblos nunca han sido de respeto y diálogo. Ambas partes han radicalizado sus posturas y el odio mutuo ha crecido hasta límites insospechados. Los atentados terroristas seguirán produciéndose casi con total probabilidad. Sin embargo, ese muro de cemento acabará con las posibilidades de entendimiento y convivencia.

Israel quedará aislado físicamente de sus vecinos, pero también del resto del mundo al que le cuesta entender que la historia se repita. Hay que cambiar el cemento por palabras. (CSI)