Transformar el mundo

Carlos Ballesteros / CCS

La transformación del mundo hay que hacerla todos los días con nuestros actos cotidianos. Sólo desde el compromiso político, social y económico de todos y cada uno de los ciudadanos del mundo se podrá hacer un sitio más justo y más agradable para vivir. Sólo desde nuestros actos cotidianos, desde lo cercano y diario se podrá transformar la realidad. Pero esto no se puede realizar si uno previamente no disiente y se indigna con las situaciones injustas del mundo.

Para hacer este mundo más habitable es necesario, en primer lugar, sentirse otro y desde el otro poder compartir su situación. Sentirse otro con el otro es pensar cómo deben sentirse las víctimas de la explotación laboral de algunos países del Sur, cómo deben sentirse los campesinos-peones en los monocultivos de extensión igual o mayor que algunos países para que los consumidores del Norte tengamos en nuestros supermercados productos exóticos a precios asequibles. Es sentirse excluido del mercado de trabajo por tener más de una determinada edad, o un color de piel distinto del blanco, o un sexo que no es el masculino.

Nos dicen que es imposible cambiar, que el mundo se ha hecho tan complejo y sus problemas tan estructurales que es imposible cambiarlo desde la ciudadanía. Nos cuentan que ni siquiera las cumbres de altos funcionarios y jefes de Estado, ni siquiera los organismos multilaterales bajo paraguas de la ONU son capaces de ponerle remedio a la pobreza, a la miseria y a la degradación del medioambiente.

Y sin embargo, y a pesar de todo, es posible transformar el mundo desde lo chiquito y cotidiano, y hay ejemplos que nos dicen que existen alternativas. La experiencia compartida y participada de doce años de gestión vecinal de una parte del presupuesto municipal en Porto Alegre manifiesta que la ciudadanía puede ser corresponsable de la gestión municipal. La adaptación y reconocimiento por parte de la OMS de que la medicina de los indígenas del Amazonas es tan medicina como la de los laboratorios es un ejemplo de que es posible salirse de un mercado dominado por la industria farmacéutica.

Sentirse otro con el otro para poder decir “no” tiene que desembocar, necesariamente, en anunciar que “sí” que hay alternativas si la gente quiere. Otro mundo, otra economía es posible si la sociedad civil participa y si, pese a lo complicado y lo complejo, hace más que ir a la compra. Experimentar nuevas formas de trabajar y producir que ayuden no sólo a sobrevivir sino a construirse y construir al otro. Consumir de forma diferente, haciendo cierto aquello de “reduce, recicla y reutiliza”. Ahorrar para que los ahorros se conviertan en fuente de riqueza para otros. Hay otra forma de hacer las cosas, de hacer economía, de hacer un mundo más justo y solidario: desde los barrios, los hogares, las personas se puede transformar el planeta.