México del Norte

Uno menos

Por Jorge Mújica Murias

“A las 13:30 horas el paciente sufrió una inesperada y grave descompensación que obligó a su traslado en estado crítico a la Unidad de Cuidados Intensivos, donde se le aplicaron todas las medidas médicas de resucitación no lográndose la respuesta médica positiva falleciendo a las 14:15 horas”, precisó el informe.

Más escueto no podía ser. Es el comunicado que anunció, el Día Internacional de los Derechos Humanos, la muerte de Augusto Pinochet. Escueto, pero despertó emociones.

El 11 de marzo de 1974, digamos como a eso de las 14:15, los granaderos mexicanos tuvieron a bien fracturarme tres vértebras de la columna vertebral. Se cumplían exactamente seis meses desde que Pinochet dio su golpe de estado en Chile, bombardeando el palacio presidencial en el que se encontraba refugiado el presidente legítimamente electo, Salvador Allende. Y nosotros, claro, protestábamos en las calles.

De alguna manera, podría decir que los siguientes 38 años de dolores de la espalda se los debo a Pinochet aunque el Gobierno mexicano se ufanaba de despreciarlo. De hecho, México no reconoció la dictadura ni tuvo embajada en Chile durante décadas, lo cual, claro, no quita que nos madrearan a nosotros en la calle por hacer una manifestación de protesta enfrente de la embajada gringa.

Y protestábamos frente a la embajada gringa porque era clarísimo que el Pinocho, como popularmente se conoció al dictador de Chile durante 17 años, había dado el golpe de Estado con asesoría y apoyo de Estados Unidos. Es más, hubo papelitos muy claros que revelaron que la Agencia Central de Inteligencia proporcionó ayuda y “operadores” militares para el golpe, y que canalizaron millones de dólares a través de la empresa ITT.

Es más, por ahí anda una demanda en contra del entonces secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, quien se reunió con Pinochet el 8 de junio de 1976 durante una asamblea de la OEA (Organización de Estados Americanos) y le aseguró al dictador que tenía “simpatía por su lucha contra el comunismo”… y que su Gobierno lo respaldaba completamente: “El Gobierno anterior iba hacia el comunismo. Le deseamos lo mejor a su régimen”. Finalmente, Kissinger animó a Pinochet diciendo que lo consideraba “una víctima de todos los grupos de izquierda del mundo, por el único pecado de haber derrocado un Gobierno que se volvería comunista”.

Muerto el perro…

O sea, que murió el Pinocho, pero en este caso no vale lo de “muerto el perro se acabó la rabia”. Ahí está Kissinger, vivito y coleando. Y ahí está Luis Echeverría Álvarez, presidente cuando hacíamos aquella protesta en 1974, y bajo cuyas órdenes me quedé con mis tres vértebras quebradas.

Y mi espalda es lo de menos. Durante su sexenio, Echeverría “desapareció” a más de 560 opositores políticos. Si pensamos que Pinochet asesinó a 2,279 en 17 años, entonces Echeverría fue más sanguinario.

Y ya entrados en gastos, nos damos cuenta de que Saddam Hussein fue condenado a la horca por la muerte de solamente 148 personas, iraquíes chiítas, en la villa de Dujail en 1980.

Si a esas nos vamos, entonces al Pinocho y a Echeverría les correspondería ser ahorcados, decapitados, fusilados, gaseados y después condenados a cadena perpetua hasta que se caigan las bardas de sus cárceles.

Y más “pior”: a Kissinger por lo de Chile, lo de Vietnam y demás, le corresponderían como nueve cadenas perpetuas después del correspondiente fusilamiento, horca y decapitación.

Y a George W. Bush le tocan como 1,500 años de cárcel antes de que lo fusilaran y demás, porque hasta ahora lleva mucho más de 100 mil muertos civiles en Irak, gente que no tenía nada que ver ni con Hussein ni con el 11 de Septiembre ni con nada de nada.

Ese es el problema con la muerte de Pinochet. La rabia no se acaba. Muchos se lamentan de que no haya sido juzgado y condenado a tiempo, pero aún así, su condena no hubiera revivido a los 2,279 asesinados, 28,459 torturados y 34,690 arrestados durante su gobierno.

Como en la mayoría de las muertes durante las dictaduras, estas personas ni las debían ni las temían. Era gente en su mayoría desarmada, no como ahora los llaman “enemigos combatientes”, obreros, amas de casa, intelectuales, sindicalistas, campesinos pobres.

Por eso la muerte de Pinochet no se puede realmente celebrar. Porque la rabia sigue. La rabia por las muertes absurdas, las muertes que no se acaban con la muerte de Pinochet, sino que siguen, que siguen…