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  • Edición impresa de Diciembre 15, 2009.

El hombre menos poderoso del mundo

colum121509f1El lobby de Israel no tardó mucho en meter en vereda al presidente Obama respecto de su prohibición de establecer más asentamientos ilegales israelíes en tierra palestina ocupada. Obama descubrió que un simple presidente estadounidense carece de autoridad cuando se enfrenta al lobby de Israel. Y también descubrió que tampoco puede cambiar mucho más, si acaso tuviera algún día la intención de hacerlo.

El lobby militar y de seguridad tiene en su orden del día la guerra y un Estado policial en el interior, y un simple presidente estadounidense no puede hacer nada al respecto.

En lo esencial, Obama es irrelevante.

Puede prometer atención sanitaria a 50 millones de estadounidenses sin seguro, pero no puede pasar por encima de los lobbies de la guerra y de los seguros. El primero dice que sus beneficios con la guerra son más importantes que la atención sanitaria, y que el país no se puede permitir al mismo tiempo la “guerra contra el terror” y la “medicina socializada”.

El lobby de los seguros dice que la atención sanitaria debe ser suministrada por los seguros privados de salud; de otra manera, no la podemos costear.

Estos lobbies agitaron sus registros de donaciones para las campañas electorales y convencieron rápidamente al Congreso y a la Casa Blanca de que el verdadero propósito de la ley de atención sanitaria era ahorrar dinero reduciendo las prestaciones de Medicare y Medicaid, “controlando las prerrogativas”.

“Prerrogativas” es una palabra derechista utilizada para denigrar las pocas cosas que hizo el gobierno, en un pasado distante, para los ciudadanos. La Seguridad Social y Medicare, por ejemplo, se denigran como “prerrogativas”, como si fueran dádivas de asistencia social, cuando en realidad los ciudadanos pagan de más por esas miserables prestaciones con sus impuestos.

Por cierto, desde hace decenios el gobierno federal financia sus guerras y sus presupuestos militares con el excedente de los ingresos cobrados por el impuesto de Seguridad Social.

Las verdaderas prerrogativas nunca se mencionan. El presupuesto de “defensa” es una prerrogativa del complejo militar y de seguridad. Para ocultar este hecho, la prerrogativa se disfraza de protección contra los “enemigos” y pasa a través del Pentágono.

Yo digo que eliminen al intermediario y simplemente asignen un porcentaje del presupuesto federal al complejo militar y de la seguridad. Así no tendremos que inventar razones para invadir otros países e ir a la guerra para que el complejo militar y de la seguridad obtenga su prerrogativa. Sería mucho más barato darles el dinero directamente, y se ahorrarían muchas vidas y dolor en el país y en el exterior.

Pero los lobbies piensan que sus prerrogativas no sobrevivirían si fueran obvias, y que si el pueblo estadounidense supiera que las guerras se libran para enriquecer a las industrias de armamentos y del petróleo, la gente pondría fin a las guerras.

En realidad, el pueblo estadounidense no tiene voz ni voto en lo que hace “su” gobierno. Los sondeos públicos muestran que la mitad del pueblo estadounidense no apoya las guerras en Irak o Afganistán. Sin embargo, las ocupaciones y las guerras continúan.

La gente quiere atención sanitaria, pero el gobierno no escucha.

El pueblo estadounidense no tiene efecto en nada; se ha hecho tan irrelevante como Obama. Y seguirá siendo irrelevante mientras los grupos de intereses organizados puedan comprar al gobierno.

La total indiferencia del gobierno ante el pueblo es la contribución del conservadurismo a la democracia. En menos de un año, el presidente Obama ha traicionado a todos sus partidarios y roto todas sus promesas. Es un cautivo total de la oligarquía de los grupos de intereses dominantes.

Cada vez más, el resto del mundo ve a Estados Unidos como la única fuente de todos sus problemas. Los sondeos mundiales demuestran que el país y su titiritero están considerados como las dos mayores amenazas para la paz. Cuando el dólar está sobre-inflado por un Washington incapaz de pagar sus cuentas, ¿el mundo se motivará por la codicia y tratará de salvarnos para proteger sus inversiones, o dirá “gracias a Dios, ¡buen viaje!”?

Paul Craig Roberts fue secretario adjunto del Tesoro en el gobierno de Reagan. Es coautor de The Tyranny of Good Intentions.

 

 


 

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