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  • Edición impresa de Diciembre 18, 2012

El quinto jinete

Si el mayor peligro que tiene la humanidad es la explosión demográfica, la falta de agua dulce es la mayor amenaza para la seguridad de los seres humanos a corto plazo, advertía R. Kennedy, profesor en Yale.

Pero el agua que permite la vida debe ser potable y la mayoría del agua del planeta es salada, inutilizable para beber y para regar cosechas y plantas.

Sólo el 2,5% del agua de la Tierra es agua dulce, atrapada en enormes acuíferos subterráneos, o en los casquetes de hielo de los Polos. El agua de nuestros lagos y ríos no representa más que el 0.01% de las reservas del planeta.

Las cuencas fluviales donde la situación es más grave se encuentran en regiones donde el rápido crecimiento de la población presiona los recursos existentes y el recalentamiento del planeta puede agravar las condiciones de sequía.

Las amenazas contra la pervivencia del agua en condiciones potables y útiles para los riegos y para la regulación de la atmósfera se pueden concretar.

En primer lugar, está la política por el control de las corrientes de agua dulce. Las naciones de las partes altas de los ríos desvían el agua para proyectos de regadío con el fin de impulsar la agricultura, como está haciendo Turquía con la Presa Ataturk. Pero los países que están río abajo, como Siria e Irak, sufren por la reducción del volumen de agua que les llega.

Luego, tenemos el tremendo aumento de la demanda mundial de agua dulce. En 1825, había alrededor de 1,000 millones de seres humanos en nuestro planeta, que en su mayoría sacaban y utilizaban el agua con métodos preindustriales. Hoy ya superamos los 7,300 millones de personas en el mundo, con necesidades cada vez mayores y con industrias que consumen inmensas cantidades de agua. El crecimiento de la economía mundial desde 1800 y el incremento del nivel de vida de tanta gente han ido acompañados de un aumento incontrolado del consumo de agua.

La guerra por el agua ya ha comenzado aunque todavía sólo se hable de los hidrocarburos. Los conflictos se trasladarán cada vez más a regiones con recursos naturales abundantes, que habían sido olvidadas durante la guerra fría.

El resultado es una nueva geografía estratégica, definida por la concentración de recursos y no por las fronteras políticas. Los Estados no importan tanto como los intereses en esta ciega escalada de los poderes económicos sobre los sociales. Padecerán los seres humanos reducidos a meros recursos útiles para ser explotados. Si en el Apocalipsis se anunciaban los Cuatro jinetes de la victoria, la guerra, del hambre y la muerte, ahora ya sabemos que la sed será el Quinto, en un planeta lleno de agua.

 


 

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