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  • Edición impresa de Diciembre 17, 2013

Reforma Migratoria y lágrimas: Genuinas y de cocodrilo

WASHINGTON, DC – Para alguien que dijo que no puede visitar escuelas porque llora al pensar en la importancia de lograr que esos pequeños puedan conseguir el Sueño Americano como él lo hizo, el presidente de la Cámara Baja, John Boehner, no ha derramado ni una lágrima pública por los menores, en su gran mayoría ciudadanos estadounidenses, que a diario pierden a sus padres o madres por las deportaciones. Es más, ni los recibe en sus oficinas cuando acuden a pedirle que permita un debate migratorio en la Cámara Baja.

Boehner es muy dado al llanto público. A veces me pregunto si llora sinceramente o si lo hace para lograr aceptación y simpatías.

Me cuestiono, sin embargo, por qué algunas de las desgarradoras historias de los hijos de inmigrantes que piden no ser separados de sus padres no provocan ninguna reacción lacrimógena pública del Speaker.

No soy dada a echar mano a cartas raciales, pero no podemos negar que para algunos sectores republicanos es imposible sentir empatía por indocumentados, sobre todo si su tez es más oscura, no hablan inglés o lo hablan con acento. Incluso hispanos de segunda o tercera generación la tienen difícil. Si no, que lo digan los estadounidenses de origen hispano que han sido víctimas de perfil racial por policías que aplican leyes migratorias en el condado de Maricopa, Arizona, que dirige el dudosamente célebre alguacil republicano Joe Arpaio.

No crean que me olvido del presidente Barack Obama, que no es dado al llanto en público como Boehner, pero que no le tiembla la mano para seguir aplicando la política de deportaciones que batió récords durante sus dos mandatos.

Obama dice que no tiene la autoridad para frenar las deportaciones y que se necesita una solución permanente que sólo se conseguirá a través de legislación.

Coincidimos en que se requiere una solución legislativa permanente que los republicanos de la Cámara Baja están bloqueando, pero que quizá debió buscarse cuando los demócratas controlaban las dos cámaras del Congreso en 2009 y 2010. Pero sobre eso ya ni llorar es bueno.

Hasta ahora el bloqueo republicano a la reforma migratoria en la Cámara Baja permite que los demócratas sigan señalando a los republicanos como los principales responsables del estancamiento.  Y lo son.

Pero mientras más tiempo pase, la atención y los señalamientos comenzarán a apuntar al Presidente y a los demócratas para que presionen aún más a Boehner.

También está para llorar la posibilidad de que el Presidente complete su segundo y último mandato sin haber promulgado la reforma migratoria que prometió en 2008, pero sí batiendo récord de deportaciones.

Y así, entre tanta consideración política se pasan por alto las genuinas lágrimas de millones de inmigrantes que ven pasar un año más sin que la reforma llegue.

Lloran genuinamente padres y madres que a diario son separados de sus hijos, y lloran los hijos que pierden a sus padres.

Mientras se acerca el fin de año y no se vislumbra la reforma, hay razones para estar tristes, pero también hay razones para celebrar a los inmigrantes y a un movimiento pro reforma que seguirá dando la batalla. Sus lágrimas de tristeza, frustración, cansancio, de determinación y de esperanza son genuinas. No lo son las lágrimas de cocodrilo que derraman algunos políticos en el momento preciso y cuando las cámaras filman.

 

 


 

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