El estilo personal de deportar
Por David Torres
El encabezado a ocho columnas de La Opinión, periódico insignia desde 1926 de la comunidad mexicana migrante asentada en la ciudad de Los Ángeles, no dejaba lugar a dudas: “Se activan las deportaciones”.
Era la publicación del 14 de febrero de 1931, en pleno auge de la Gran Depresión y de la campaña “empleos estadounidenses para estadounidenses reales”, impulsada por el entonces presidente republicano Herbert Hoover.
No es difícil imaginar el ambiente de terror que imperó desde ese momento, dada la xenofobia típica de buena parte de la sociedad estadounidense, avivada por la idea de que los migrantes “robaban” los empleos, tal como está ocurriendo hoy, casi cien años después, en la era de Donald Trump.
Ya el actual mandatario, durante su primer periodo presidencial, había dado muestras de sus más fervientes rencores hacia las comunidades de color, especialmente la mexicana, calificando a sus integrantes de violadores, narcotraficantes y delincuentes, además de viralizar una categoría inventada con un estilo de película decididamente mala de bajo presupuesto: “Bad hombres”.
Era toda una imagen negativa que Trump necesitaba para alimentar el acendrado odio racial de su base y, asimismo, solidificar su movimiento a fin de conquistar no sólo el poder político dos veces, sino el mediático, que tan bien ha sabido manejar durante toda su vida pública.
Pero, al parecer, la estrategia del miedo, intensificada con el uso de “la ley y el orden”, no ha variado mucho. Desde la época de Hoover hasta la actualidad, la intimidación a través de las redadas y las posteriores deportaciones ha sido la misma, sin pasar por alto lo ocurrido con la “Operación Espalda Mojada” de los años 50 durante el gobierno de Eisenhower.
Por ejemplo, dice también La Opinión en la primera plana de su edición del 27 de febrero de 1931: “11 mexicanos presos en un aparatoso raid a la Placita”. Y en la subcabeza: “Los agentes de migración pusieron sitio al lugar y no dejaron salir a nadie”. En tanto que en el sumario anota: “Después de un riguroso examen a los detenidos, entre los que varios fueron golpeados, se llevaron a once mexicanos, cinco chinos y un japonés”, agregando que se trató de “un caso concreto que demuestra que los policías de Migración se llevan a quienes les parece, a pesar de que presenten sus papeles en toda regla”.
¿Suena familiar? Eso se repitió durante los siguientes 10 años, práctica xenófoba, además de antiinmigrante, que dio como resultado la expulsión de unas dos millones de personas de origen mexicano y de estadounidenses de ascendencia mexicana, según cálculos vertidos en ese libro ya legendario de los profesores Francisco E. Balderrama y Raymond Rodríguez, titulado Década de traición: repatriación mexicana en la década de 1930.
Como dato relevante, se especifica que más del 60% de los expulsados eran ciudadanos estadounidenses porque habían nacido en Estados Unidos, de tal modo que su deportación fue claramente anticonstitucional.
¿Qué falta para que Trump cometa la misma canallada? Ha dicho que cancelará la ciudadanía por nacimiento —pasando por alto la Enmienda 14, que garantiza la ciudadanía automática a quien nazca en territorio estadounidense—; sigue llamando “invasión” a la presencia de los migrantes, peligrosa narrativa que, por ejemplo, impulsó al supremacista blanco Patrick Crusius a llevar a cabo una matanza en El Paso, Texas, el 3 de agosto de 2019; quiere destinar la prisión de Guantánamo para enviar a unos 30,000 indocumentados; ha cancelado el Estatus de Protección Temporal para los venezolanos —no tarda en hacerlo con el resto de las comunidades que lo tienen—; y cínicamente ha dicho que expulsaría familias migrantes completas, aun cuando hubiese nacidos en Estados Unidos, para que permanezcan “unidas”, exhibiendo una falsa compasión.
Pero en esta especie de competencia por saber quién es “mejor” en el tema migratorio, los demócratas no se quedan atrás: Clinton (Operación Guardián, que transformó la frontera México-Estados Unidos para siempre), Obama (llamado “deportador en jefe”, con más de 2 millones de expulsiones) y Biden (que rozó los 1.5 millones de deportados).
En el fondo, todos han tenido un estilo personal de deportar. Sólo que en el caso de Trump, la imagen cuenta mucho, sobre todo si logra intimidar hasta niveles ignominiosos, a fin de mantener la legitimidad de un régimen cercano al fascismo, que todos los días vemos en tiempo real, mismo que eclipsa todo lo logrado durante la lucha por los derechos civiles del siglo pasado.
Es decir, como si de una saga interminable se tratara, la sed por apartar al “Otro” —diseccionar su cultura, invisibilizarlo, discriminarlo hasta la incomodidad, segregar su historia, odiar su color, criminalizarlo por ser migrante— ha sido práctica común del comportamiento social de esa entelequia que conocemos como “Estados Unidos”.
Y las deportaciones, ya hemos visto, han sido siempre la quintaesencia de ese modo de ser como nación.
El nuevo arribo de Donald Trump a la Casa Blanca confirma esa tendencia hacia la exclusión, amparada en una legalidad que criminaliza todo, incluso derechos humanos básicos como la libertad de emigrar.
