Creeríase que la población, después de recorrer el valle, perdió la razón y se trazó una sola calle. Y así bajo la cordillera se apostó febrilmente como la primavera. En sus ventanas el alcohol está mezclado con sol. Sus mujeres y sus flores hablan el dialecto de los colores. Y el riachuelo que corre como un caballo, arrastra las gallinas en febrero y en mayo. Pasan por la acera lo mismo el cura, que la vaca y que la luz postrera. Aquí no suceden cosas de mayor trascendencia que las rosas. Como amenaza lluvia, se ha vuelto morena la tarde que era rubia. Parece que la brisa estrena un perfume y un nuevo giro. Un cantar me despliega una sonrisa y me hunde un suspiro.
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