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  • Edición impresa de Agosto 19, 2014

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La nueva fase de la guerra comercial entre Estados Unidos y China está en marcha. La semana pasada entraron en vigor los nuevos aranceles por valor de 200,000 millones de dólares impuestos por Washington a las importaciones chinas que serán contestados por Pekín.

La escalada de tensiones es preocupante, pero los expertos están convencidos de que, antes o después, se llegará a una tregua. La paz definitiva parece, sin embargo, más difícil de alcanzar puesto que lo que está en juego no es el reequilibrio de la balanza comercial, sino un liderazgo económico que ninguna de las dos potencias está dispuesto a ceder.

Con un PIB de más de 20 billones de dólares en 2018, Estados Unidos sigue siendo el país más rico en términos absolutos, aunque China es el líder desde 2016 por paridad de poder adquisitivo (PPA).La tendencia anticipa que Pekín seguirá creciendo frente al desgaste americano, pero Trump no está dispuesto a renunciar a la grandeza nacional. El coste, sin embargo, va camino de ser demasiado alto.

 

Aunque la riqueza de China se está resintiendo de manera más directa y rápida que la americana ante la batalla de aranceles, Estados Unidos tiene mucho que perder a largo plazo.

La mayoría de las grandes compañías estadounidenses cuenta con una sólida vocación exportadora que se resentirá si las tasas siguen encareciéndose. Los resultados empresariales son los grandes responsables del impulso de Wall Street, por lo que cualquier riesgo a su desarrollo provoca importantes caídas de las Bolsas, como se ha hecho evidente estos días, con pérdidas de más de dos billones de dólares en los mercados de todo el mundo.

La guerra comercial se produce, además, cuando el ciclo expansivo de Estados Unidos comienza a agotarse. Se calcula que la recesión podría estallar a finales del año que viene.

 

La primera batalla comenzó con aranceles del 25% a productos importados de China por valor de 34,000 millones de dólares, como parte de un paquete de 50,000 millones de dólares a los que el gobierno de Pekín respondió en la misma medida.

La cuantía de la pugna apenas tenía relevancia en el contexto de unas relaciones comerciales que superan los 600,000 millones de dólares anuales, pero el objetivo de los ataques dejó claro que el plan estaba muy estudiado. La primera fase de la batalla contra China incluía 818 productos entre los que destacaban aviones y componentes de aeronaves, equipo industrial y eléctrico, maquinaria, televisiones, cámaras o instrumentos ópticos. Todos ellos estratégicos para el plan con el que el gobierno de Pekín pretende elevar el nivel industrial del país.

El contraataque de China en forma de aranceles por la misma cuantía enfureció a Trump, que anunció nuevos gravámenes del 10%, equivalentes a 200,000 millones de dólares, a una batería de artículos liderados por los componentes electrónicos.

 

 

 

 


 

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