Hace mucho tiempo, vivía el joven Kang en su aldea, una más del país. Su familia era muy pobre, como todos en la aldea. No tenían luz, por ello cuando se ponía el sol todos tenían que ir a dormir. Eso significaba un gran problema para el joven Kang, pues tras estudiar en la escuela tenía que trabajar todo el día en el campo con sus padres. No le quedaban horas de luz para estudiar. Cuando los exámenes se acercaron, Kang se desesperó porque sabía que sin estudiar no aprobaría. ¿Qué podía hacer? Un atardecer, tras una intensa jornada de trabajo, vio como la nieve reflejaba una tenue claridad que perduraba toda la noche. De ello se aprovechó, y noche tras noche, estudiaba en el suelo, fuera de la casa, aprovechando el débil resplandor de la nieve. Pero, cuando ya había conseguido un método para poder leer, llegó la primavera y se derritió toda la nieve. Fue trágico para Kang. Entonces, se fue a pasear por el bosque y observó las titilantes luces de las luciérnagas. Eran hermosas, pero daban una luz muy débil. Entonces, Kang cogió un puñado de estos pequeños animalitos y se sirvió de sus luces para continuar sus estudios hasta muy entrada la noche. Así, pasó años y años, hasta que llegó a la Universidad y se convirtió en un eminente erudito. Gracias a él, toda su aldea prosperó y conoció el bienestar. Aunque las dificultades en la vida de Kang eran muy grandes, su fuerza de voluntad y coraje le dieron alas para poder transformar a su pueblo en un lugar mucho mejor.
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