Quiénes fueron los derrotados de la contienda electoral Si Trump fue el indisputable vencedor de la elección, sería engañoso pretender que Clinton haya sido la única, o siquiera la principal, derrotada en esa contienda. De hecho, el pasado martes fueron muchas las personas, instituciones y aún tendencias que sufrieron una dura derrota. Clinton es la fachada del establishment, es decir, de una Administración que le ha salvado del Departamento de Justicia y el FBI, de unos donantes entre los que se destacan Arabia Saudí, Qatar, Soros o Goldman Sachs, y de unos medios que la protegieron mientras atacaban a su rival. Y ese ha sido, precisamente, el primer derrotado de la noche: el Establishment. Lo que logró Trump, mucho antes de alzarse con la victoria, es que el ‘establishment’ se delate actuando como un solo hombre, arrastrando incluso a buena parte de su partido en su contra. Más evidente no ha podido quedar que existe una ‘casta’ que gobierna Estados Unidos por debajo e independientemente del partido que ocupe el poder y que aúna a sectores muy distintos. Hasta podríamos hablar de una casta supranacional, porque el antitrumpismo afectó por igual a políticos extranjeros de signo ‘contrario’, ONGs y organismos internacionales. La segunda gran derrota fue la de los medios. El ascenso de Trump es, a la vez, consecuencia del desprestigio de la prensa y la televisión. Dicho claramente: la gente ha dejado de creer en los grandes medios. La narrativa que vienen vendiendo todas estas décadas es la que mantuvo a flote la estructura carcomida de la élite, y su descrédito lo que permitió que se vote a un candidato sobre el que todos coincidían en que era, en el peor de los casos, un aventajado émulo de Hitler y, en el mejor, un peligroso payaso narcisista. Trump desafió a los periodistas y, prodigiosamente, ganó. No necesitó a ese intermediario entre él mismo y sus seguidores gracias, en buena medida, a un inteligente uso de los medios digitales que le permitió una comunicación directa. Otro gran derrotado ha sido la demoscopia. Hasta último momento, las encuestas ofrecían una ventaja más o menos clara de la candidata perdedora, semanas atrás por una distancia apabullante que se ha visto acortada, en tiempo record y sin nada que los justifique, a más de la mitad. Eso, en la vida real, es imposible, y solo significa que las demoscópicas han ajustado resultados para no dejar su prestigio demasiado por los suelos en el último momento. Por decirlo breve, o las manipularon, y por tanto son engañosas, o yerran groseramente, y por tanto son inútiles. También ha salido escaldada la corrección política. Trump pronunció muchas ‘palabras mágicas’ que hasta ahora los políticos evitaron como si quemaran y que, en opinión unánime de los ‘expertos’, suponían la muerte política inmediata. Y no solo sobrevivió, sino que se hizo más fuerte. La victoria del pasado martes también fue un golpe al proyecto globalista. Ahí no podemos hablar ni remotamente de derrota, ya que la lucha ideológica apenas está empezando. La sucesión de victorias antisistema -Brexit, Colombia, presidenciales austríacas, ascenso de AfD en Alemania y, ahora, la victoria de Trump- de los últimos meses son solo los primeros golpes de réplica que está recibiendo un modelo que avanzó calladamente y sin oposición desde la posguerra mundial. Acabemos con una frase de Churchill. La llegada de Donald Trump no es el fin del globalismo, quizá ni siquiera el principio del fin. Pero es, sin duda, el fin del principio.
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