Un fabuloso regalo de Navidad
Santa Claus, por supuesto, contó con la valiosa ayuda del entonces presidente Dwight Eisenhower, quien rubricó la protección de uno de los pocos ecosistemas completos que quedan intactos en el Hemisferio Occidental. En la tundra y costas prístinas del refugio existen casi 200 especies de aves, formidables rebaños de caribú, además del hábitat de osos polares más generoso de Estados Unidos. A esta riqueza se unen el buey almizclado, el oso glotón, el oso grizzli y varias especies de ballena. Y vigilando todo esto, está la cultura ancestral de la nación Gwich’in, los indígenas que durante miles de años han vivido en armonía con el medio ambiente. Todo este tesoro natural, sin embargo, lleva décadas asediado por la codicia de las compañías petroleras y sus sirvientes en el Congreso Federal, quienes ambicionan perforar la tundra ártica en busca de crudo y seguir alimentando nuestra adicción petrolera nacional. El cerco petrolero amenaza con intensificarse una vez que comience la nueva sesión en la Cámara de Representantes en enero. Muchos de estos representantes conservadores llegan dispuestos a convertir el refugio en un páramo industrial. Y todo esto por un puñado de dólares. La Administración Federal de Información Energética predice que la producción petrolera en el refugio reduciría el precio del crudo en 75 centavos por barril en el año 2025. Si tenemos en cuenta que el barril cuesta hoy unos 90 dólares, esa reducción sería insignificante para el consumidor. Esta codicia desenfrenada es un ataque directo contra el sentido común y las reglas de la aritmética. Con sólo el 5% de la población mundial, Estados Unidos quema el 25% de la producción petrolera del planeta, mientras que nuestro país posee sólo el 3% de las reservas globales. Mientras tanto, ya tenemos al alcance de la mano una inagotable fuente alternativa de energía: el uso sensato de nuestros recursos. Mejorando los estándares de emisiones de vehículos y los de aislamiento térmico en los edificios, podríamos ahorrarnos todo el crudo que sacaríamos del refugio. Así, no sólo preservaríamos un tesoro natural de capital importancia ecológica, sino también mejoraríamos exponencialmente la calidad del aire que respiramos y la seguridad nacional, al dejar de depender de los caprichos de los jerarcas que tienen la mano en el grifo petrolero en el Golfo Pérsico. ¿Cuál es la alternativa inmediata para el refugio? Convertirlo en monumento nacional sería el antídoto perfecto contra la codicia petrolera, ya que esta joya de la naturaleza quedaría completamente protegida de cualquier tipo de explotación. Y la única persona que puede hacer esto es el presidente Obama, que tiene la oportunidad única de pasar a la historia como uno de los grandes líderes conservacionistas. Presidente Obama, ahórrele trabajo a ese entrañable viejo barbudo y sea nuestro Santa Claus: convierta este monumento a la grandeza natural en un Monumento Nacional.
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