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  • Edición impresa de Diciembre 20, 2016.

Las dos vasijas

infantil1216bHabía una vez un aguador que vivía en India. Su trabajo consistía en recoger agua para venderla y poder obtener unas monedas. No tenía burro de carga, la única manera para transportarla era en dos vasijas colocadas una a cada extremo de un largo palo que llebava sobre sus hombros.

El hombre caminaba largos trayectos con las vasijas, primero llenas y a la vuelta, vacías. Una de ellas era muy antigua y tenía varias grietas por las que se escapaba el agua. La otra estaba en perfecto estado y guardaba bien el agua, que llegaba intacta a su destino.

La vasija que no tenía grietas se sentía maravillosamente. Había sido fabricada para realizar la función de transportar agua y cumplía su cometido sin problemas.

– ¡El aguador tiene que estar muy orgulloso de mí! – presumía ante su compañera.

En cambio, la vasija agrietada se sentía fatal. Se veía a sí misma defectuosa y torpe porque iba derramando lo que había en su interior. Un día, cuando tocaba regresar a casa, le dijo al hombre unas sinceras palabras.

– Lo siento muchísimo… Es vergonzoso para mí no poder cumplir mi obligación como es debido. Con cada movimiento se escapa el líquido que llevo dentro porque soy imperfecta. Cuando – llegamos al mercado, la mitad de mi agua ha desaparecido por el camino.

El aguador, que era bueno y sensible, miró con cariño a la apenada  vasija y le habló serenamente.

– ¿Te has fijado en las flores que hay por la senda que recorremos cada día?

– No, señor…

–¡Son increíblemente hermosas! Ya verás.

Emprendieron la vuelta al hogar y la vasija vio cómo  los pétalos de flores de todos los colores se abrían a su paso.

– ¡Ahí las tienes! Son una preciosidad ¿verdad? Quiero que sepas que esas hermosas flores están ahí gracias a ti.

– ¿A mí, señor?…

La vasija le miró con incredulidad. No entendía nada.

– Sí… ¡Fíjate bien! Las flores sólo están a tu lado del camino. Siempre he sabido que no eras perfecta y que el agua se escurría por tus grietas, así que planté semillas por debajo de donde tú pasabas cada día para que las fueras regando durante el trayecto. Aunque no te hayas dado cuenta, todo este tiempo has hecho un trabajo maravilloso y has conseguido crear mucha belleza a tu alrededor.

La vasija se sintió muy bien contemplando lo florido y lleno de color que estaba todo bajo sus pies.

Comprendió lo que el aguador quería transmitirle: todos en esta vida tenemos capacidades para hacer cosas maravillosas aunque no seamos perfectos. Incluso de nuestros defectos, podemos sacar cosas buenas para nosotros mismos y para el bien de los demás.

 

 

 


 

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